Me ha gustado este párrafo de Cela Conde en el Faro de Vigo:
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La comedia humana, editada por Acantilado, es la más célebre de las novelas de William Saroyan, y su historia es profunda y ligera al mismo tiempo, triste y amable, deliciosamente seductora. Suelo recomendar novelas en colegios e institutos, y ninguna gusta tanto como esta famosa obra que en su día ganó el premio Pulitzer.
Un libro conmovedor sobre los dolores y el sueño americanos, escrito hace más de medio siglo por Betty Smith, una autora que Lumen ha hecho muy bien en rescatar.
Frances Nolan, la protagonista, es una chiquilla que malvive en Brooklyn con su familia pobre, digna y muy original. Frances crece integrada en su barrio, pero disfruta con novelas que proyectan su vida más allá de la mediocre realidad diaria. Todos los protagonistas, con sus virtudes y defectos, despiertan el interés y la sonrisa del lector. Drámatica y simpática a partes iguales, la novela refleja a la perfección la vida y los sueños de miles de inmigrantes que sobrevivían a duras penas en
Publicada en 1943, Un árbol crece en Brooklyn ganó el prestigioso Pulitzer, tuvo un éxito extraordinario, se convirtió en musical unos años más tarde y el director Elia Kazan escogió la historia para su primera película (en España traducida como Lazos humanos). Betty Smith (1896-1972), hija de inmigrantes alemanes, nació en Brooklyn y siempre puntualizó que la novela no era autobiográfica, sino la historia que a ella le hubiera gustado vivir.
Era una niña que maduró en
De Santoña se fue a Santander, a titularse como enfermera en Valdecilla y a trabajar en ese célebre hospital. En sus pabellones se hizo mujer, metida de lleno en el sufrimiento humano y en las lecciones impagables de médicos, enfermos, monjas y amigas que ya nunca olvidó, porque el agradecimiento siempre tuvo buena memoria. Allí, entre las urgencias, los vendajes, los informes y las sesiones clínicas, un joven interno se fijó en ella. Si la enfermera tenía una mirada luminosa y un corazón valiente, él era sosegado y esencialmente bueno, con una declarada inclinación profesional hacia la histopatología.
Rosario Vega y Pedro Huidobro se casaron. Y se hicieron gallegos en Vigo, donde les nacieron Pedro, Carmelo, Ramón, Marcos y Charo. Ella, tan madre, tan alegre y tan reguapa. Él, con su bondad natural y un prematuro pelo blanco que confundía a sus pacientes cuando le veían con sus niños por la calle.
-Don Pedro, no sabía que tuviera usted unos nietos tan guapos...
En la calle Lope de Neira, cerca de la ría, hicieron sus primeros análisis y biopsias. Luego se trasladaron a José Antonio –ahora Urzaiz-, junto a Sonka y Cortefiel. Por fin subieron a Venezuela, frente a Maristas. Fueron los felices años 60 y 70, donde no se cansaron de ser generosos. Mis tíos cuidaron de sus padres y de sus hijos, estuvieron atentos a sus hermanos y a sus sobrinos, y trabajaron sin tregua. Para ellos no había horarios, y sí la disponibilidad constante de echar una mano, de arrimar el hombro, de dedicar mucho tiempo y dinero a quien lo necesitaba. Rosario, además de acompañar hasta el final a sus padres y a sus suegros, vio morir de cáncer a dos de sus hermanas. Iba a decir que Pedro y ella no pudieron hacer nada, pero en realidad hicieron todo excepto tirar la toalla y cruzarse de brazos. Con discreción, con elegancia y con más obras que palabras.
La medicina, la enfermería y su fibra cristiana les permitieron entender la vida como servicio, y en el servicio encontraron plenitud y alegría. Quizá por ello, sintieron