viernes, 25 de diciembre de 2015
2 minutos y 14 segundos
Se le declaró la guerra nada más nacer. Y tuvo que huir a Egipto. Un nuevo país, una nueva cultura, una lengua desconocida. La historia se repite, ¿verdad? Si tienes 2 minutos y 14 segundos, te sorprenderá lo que vas a ver, pero tienes que llegar al último segundo.
viernes, 18 de diciembre de 2015
Mejor educados (I)
Mejor
educados es uno de esos libros cuya lectura necesita mucho lápiz. Apenas hay página
donde no tengas que subrayar una idea, un dato, un consejo atinado, una
expresión feliz. Y es que el autor te va interesando y convenciendo párrafo a párrafo
a base de sentido común, conocimiento de causa y buen humor.
La educación
española no está precisamente en sus mejores momentos, pero Gregorio Luri,
desde su amplia experiencia como padre y profesor, sabe que un pesimista podrá
ser un buen domador, pero no un buen maestro. Por eso sus planteamientos son
siempre positivos. Desde el realismo, lejos de cierta ingenuidad buenista, pone
el dedo en la llaga, pero ofrece soluciones que permiten educar con esperanza.
En esta
primera entrega resumo con concisión telegráfica ideas para educar en casa. Ahí van:
Tres condiciones para triunfar como
padres: amor, tranquilidad y sensatez. Los Simpson pueden tener muchos
defectos, pero se saben muy afortunados por ser una familia. ¿Que la familia es
represiva? ¡Para eso está! Precisamente porque tiene cosas muy valiosas que
preservar. Aunque hay que reconocer que, en algunos padres, la actitud de
prevenir cualquier peligro se parece mucho a la paranoia.
En las familias se ha producido una monumental
transformación: la madre ha salido de casa, pero el padre aún no ha entrado.
Pocas reglas y muy claras, para no tener que estar continuamente
discutiéndolas. Pero poner normas claras exige tener convicciones claras. No te
extrañes si tus hijos salen un poco a su aire, porque también son hijos de su
tiempo y de su libertad. A unos padres pacifistas, alternativos y ecologistas les
puede salir un hijo legionario.
Nuestras obras son nuestro mejor
autorretrato. Es muy fácil defender
las razones de nuestro hijo frente a su maestro, pero no es muy inteligente. En
cuestiones educativas, los aficionados suelen ser los padres. Leer con los
hijos y comentar lo leído lleva consigo un sorprendente crecimiento
intelectual, equivalente a ir un curso por delante del que corresponde. Hay dos
lecciones de economía fundamental que todo niño debería aprender en casa con el
ejemplo de sus padres: están resumidas en el cuento de la lechera y en la
fábula de la cigarra y la hormiga.
Los niños no necesitan que sus padres
sean sus iguales, sino sus padres. El infierno se parecerá mucho, sin duda, a
una familia con varios hijos adolescentes. Precisamente cuando los hijos se
ponen hiperbólicos, los padres necesitan más tranquilidad. Una familia no es un
grupo de personas reunidas en torno a un televisor. Si ustedes quieren ser unos
padres progres, no olviden el último consejo de Che Guevara a sus hijos:
“Estudien mucho”.
.martes, 15 de diciembre de 2015
Política educativa
Los centros escolares estatales en España, salvo excepciones, dejan mucho que desear. Todo el mundo lo sabe. También se sabe que es en los centros libres donde se encuentra la enseñanza de calidad, salvo excepciones.
miércoles, 9 de diciembre de 2015
Miseria del voto útil
A nadie en su sano juicio se le ocurre defender la violencia de género como un derecho del maltratador, y menos del asesino. Sin embargo, muchos de los que claman contra esa violencia injustificada –entre los que se cuentan casi todos nuestros líderes políticos- defienden el derecho de la madre a liquidar al hijo que lleva en su vientre. ¿No es esto una macabra perversión de la lógica? Francisco J. Contreras, catedrático de Filosofía del Derecho en la Universidad de Sevilla, analiza ésa y otras incoherencias en el artículo que reproduzco:
Miseria del voto útil
Según una encuesta de 2014, un 50.2% de los españoles se oponían a la ley de aborto libre aprobada por Zapatero en 2010, prefiriendo el retorno a una ley de supuestos; entre ellos, muchos querrían la introducción de mecanismos que garanticen que la ley de supuestos no se convierta de nuevo en el coladero que fue entre 1985 y 2010. Pero ese 50% de españoles va a votar el próximo 20-D, bien al PP, que ha incumplido clamorosamente su promesa de derogar la ley abortista del PSOE, bien a Ciudadanos, que defiende abiertamente el aborto libre en las primeras 14 semanas, junto a otras lindezas como el cambio de sexo para los menores, la legalización de la marihuana y de la prostitución o la regulación de los ‘vientres de alquiler’.
Las encuestas acreditan que un 40% de españoles estiman que el sistema autonómico ha llegado demasiado lejos con sus 17 taifas despilfarradoras, y se muestran partidarios, bien de su eliminación, bien de la devolución al Estado de competencias como la educación o la sanidad. Pero volverán a votar al PP, un partido que rechaza frontalmente el cuestionamiento del modelo autonómico y que no cumplió su promesa de garantizar el derecho a la educación en castellano en Galicia, Valencia y Baleares. O a Ciudadanos, que habla de “clarificar el sistema autonómico elaborando un listado de competencias exclusivas del Estado y competencias de las CCAA”. Pero ese listado ya existe: artículos 148 y 149 de la Constitución. Ciudadanos elude un posicionamiento nítido sobre la cuestión de si debe reducirse el poder autonómico.
Cientos de miles se manifestaron en tiempos de Zapatero contra el matrimonio gay, el divorcio exprés, la sectaria Ley de Memoria Histórica, la negociación con la ETA, la Educación para la Ciudadanía, la legislación miscelánea que, so capa de “promover la igualdad”, adoctrina a niños y adultos en la ideología de género. Sin embargo, la gran mayoría de aquellos manifestantes van a volver a votar al PP, el partido que no ha derogado una sola de esas leyes de ingeniería social, y que ha asumido el acuerdo de Zapatero con la ETA, manteniendo a Bildu en las instituciones. El partido que, con mayoría absoluta, no ha aprobado una sola medida significativa de apoyo a la familia o a la natalidad. Votarán por el gobierno cuyo Ministerio de Sanidad ha publicado el documento Abrazar la diversidad, donde se nos explica que “frente a los argumentos que sostienen que lo natural es la heterosexualidad, los hechos muestran que lo natural es la diversidad sexual”, que “todos hemos sido socializados en la homofobia y la transfobia”, y se aconseja a los profesores: “invita a personas abiertamente gays, lesbianas o transexuales a tus clases o al claustro para acompañar un proyecto educativo”. Y los que estén ya hartos del PP, votarán a Ciudadanos, el partido del cambio de sexo a menores.
Finalmente, aunque España sea el país más socialista de Europa, al menos un 20% de personas estiman que la salida de nuestro estancamiento económico está en la dirección de la rebaja fiscal, el aligeramiento del peso del Estado, la reducción de trabas burocráticas a la libre empresa y la flexibilización del mercado laboral. Sin embargo, van a votar al PP, el partido que prefirió subir brutalmente los impuestos antes que reducir gasto público; el partido bajo cuya gobernación España ha retrocedido cuatro puestos en el ranking mundial Doing Business de libertad económica y facilidades para la inversión. O bien a Ciudadanos, que se proclama socialdemócrata y propone unos complementos salariales que distorsionarán el mercado de trabajo y dispararán el gasto público.
Y el caso es que existe un partido pro-vida, pro-familia y pro-natalidad; un partido que defiende sin ambages el adelgazamiento del Estado (especialmente, mediante la reducción del poder autonómico) y la liberalización económica. Es Vox. Pero los millones de españoles pro-vida, pro-familia, anti-autonomistas y/o pro-mercado no lo van a votar, según las encuestas. La explicación no es el masoquismo masivo, sino el ‘voto útil’. Está estrechamente relacionada con la obsesión por “no tirar el voto”, que se traduce en apoyo a los partidos que parecen tener posibilidades claras de representación parlamentaria.
El voto útil es una falacia lógica. Las consideraciones de utilidad tendrían sentido en un electorado muy reducido, en el que mi voto podría decantar la mayoría en una u otra dirección. Pero mi voto es una gota de agua en el océano. Mi influencia en el resultado electoral es infinitesimal: tan próxima a cero que, con criterios puramente pragmáticos, no se justificaría ni el pequeño esfuerzo de desplazarse a las urnas.
Lo racional desde un utilitarismo descarnado sería la abstención. Por tanto, no votamos por razones de utilidad, sino por razones morales: para mostrar nuestro compromiso con ciertas ideas, para expresarnos ideológicamente. Pero, si esto es así, lo racional es votar lo más coherente con nuestras convicciones. El ‘voto útil’ es una contradicción en los términos: todo voto es inútil. La ‘utilidad’ de un voto entre 25 millones es insignificante.
Pero el voto útil es también una enfermedad moral. “No querer tirar el voto” es una excusa para la claudicación ideológica, para la dimisión en la siempre incómoda defensa de posturas contra corriente. Es patético el entusiasmo de los españoles por acudir en auxilio del vencedor; los atisbos de subida de Ciudadanos en las encuestas se convirtieron rápidamente en profecía autocumplida: todos quieren sumarse al partido que se dice que sube. Y todos evitan apoyar al partido minoritario, escarnecido por las encuestas como friki y marginal. Todo el mundo busca el calor del rebaño, el confort gregario de pertenecer a un grupo grande, de estar con la mayoría.
La enfermedad del voto útil aqueja mucho más gravemente a la derecha que a la izquierda. La voto-utilitis nunca ha determinado una concentración total del sufragio en el PSOE: durante décadas, un número suficiente de electores de izquierdas han tenido el coraje y la coherencia necesarios para mantener viva a IU (aunque era más “útil” votar al PSOE). Recientemente, el votante de izquierdas ha demostrado el coraje electoral de apostar por un partido “inútil” como Podemos, y su audacia se ha visto recompensada por su rápida transmutación en un partido “útil”. Y es que el votante de izquierdas cree de verdad en ciertos principios (equivocados, en mi opinión). Cuando considera que el partido mainstream los traiciona, emigra a nuevas opciones.
¡Ojalá la derecha tuviera esa gallardía! Lo que delata la voto-utilitis crónica en la derecha es un compromiso muy débil con las convicciones que supuestamente profesa el votante liberal-conservador. El conservador español se avergüenza de serlo: ha interiorizado el relato de la izquierda, que le adjudica el papel de villano histórico, nostálgico de dictaduras, defensor de inconfesables privilegios de clase y de rancios dogmas religiosos.
El conservador español sospecha que posiblemente tenga razón la izquierda, y que él después de todo no sea más que un carca insolidario, enemigo de la justicia social y temeroso de la libertad. El conservador español cree que el futuro pertenece a la izquierda, y que a lo más que puede aspirar la derecha es a minimizar los daños y ralentizar el inevitable desplazamiento de la sociedad hacia “el progreso”, hacia la izquierda.
Por eso está siempre tan dispuesto a escoger el mal menor. Por eso Vox seguirá en la marginalidad. Por eso el PP vencerá en las próximas elecciones (con el apoyo descarado, por cierto, de los medios de comunicación de la Iglesia). Por eso en las próximas Cortes, por primera vez en la historia democrática, no habrá un solo parlamentario que defienda la vida del no nacido.
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domingo, 29 de noviembre de 2015
Arte, libertad y religión
Hay
periódicos que marcan la diferencia. El artículo que reproduzco, Arte, libertad y religión, del
28.XI.2015, es tan solo un botón de muestra de los muchos que
acreditan la calidad del Diario de Navarra. Lo firma Alejandro Navas,
profesor de Sociología de la Universidad de Navarra. Hace
referencia a un incidente local, pero creo que la reflexión es
impecable y de valor general.
En la sociedad de la información y de las redes sociales
resulta difícil llamar la atención. El exceso de mensajes y de estímulos invita
a la estridencia si uno aspira a destacar. Supongo que este es uno de los
factores que explican la trayectoria del artista responsable de la exposición
blasfema. Según ha declarado él mismo en alguna entrevista, su madre era una
prostituta y drogadicta, quedó embarazada y lo abandonó después de nacer en una
clínica de Madrid vinculada a la mendicidad y la prostitución. Adoptado a los
siete años, describe su infancia como “una mezcla de maltratos, abusos sexuales
y diferentes problemáticas”, que culminarían en un intento de suicidio a los
dieciséis. No voy a hacer de psiquiatra, pero está claro que una biografía así
explica muchas cosas. En cualquier caso, no lo juzgo como persona. Más bien me
daría pena, si no fuera por su habilidad para convertir el escándalo en negocio
y autopromoción.
El recurso del arte contemporáneo a la provocación y al insulto
tiene más de un siglo de historia. Se entiende que los “creativos” incidan en
esa dinámica si les proporciona notoriedad y dinero. “Escandalizar al burgués”
se convierte así en un negocio rentable en todas las coyunturas económicas. No
voy a entrar en disquisiciones estéticas, y me fijaré más bien en la sociedad
que permite o incluso alienta ese tipo de manifestaciones.
Se observa en nuestro país una tendencia a adobar la
fiesta y el arte con elementos anticristianos. Con aire cansino asistiremos en
la celebración de fin de año o de los próximos carnavales a la
proliferación de varones disfrazados de cura o de monja. Algo similar ocurre en
sanfermines. Es lógico que las pancartas de las peñas recojan aspectos de la
actualidad con un tono satírico y burlón, y sería mucho pedir que el buen gusto
fuera el criterio determinante, pero en una sociedad democrática debería ser
posible compaginar la libertad de expresión con el respeto debido a los demás,
de modo especial cuando la religión está por medio.
En una sociedad moderna y pluralista, donde cada uno
puede vivir y buscar la felicidad a su manera –este era el ideal de Federico de
Prusia, rey ilustrado por excelencia--, no habría mucho que objetar a
manifestaciones de paganismo. Se habla mucho de nuestra sociedad
“poscristiana”, pero sorprende esa fijación por lo cristiano cuando se quiere
dar rienda suelta a la imaginación o a la espontaneidad. Va a resultar que ser
pagano coherente es mucho más difícil de lo que parece a simple vista.
Ateísmo significa una vida sin Dios, y lo que encontramos aquí es más
bien cristofobia, odio a Jesucristo y a todo lo cristiano.
Se podría analizar la raíz psicológica y antropológica de
ese rechazo. Hay mucho estudiado sobre la necesidad de la fiesta para la
persona y la sociedad, y se conoce la raíz religiosa de toda celebración. En el
fondo, los hombres rinden así homenaje al Creador y se alegran y agradecen los
dones recibidos, empezando por la propia vida (no deja de ser ridícula la
pretensión, que veremos en las semanas próximas, de vivir las fiestas navideñas
sin aludir al nacimiento de Cristo). Se entiende que un tipo humano como el
moderno, supuestamente emancipado de la tutela religiosa, sienta la necesidad
de matar al padre. “No hay Dios porque, de haberlo, yo no soportaría no serlo”,
decía Nietzsche con su habitual clarividencia. Léon Bloy expresaba lo
mismo con otras palabras: “¿Por qué la Iglesia es tan odiada? Porque es la
conciencia del género humano”.
Muchos de nuestros poscristianos parecen tener una verdadera
obsesión con la Iglesia católica. Después de haber ido detrás de los curas con
el cirio en la mano sienten ahora el irresistible impulso de hacerlo con el
garrote. Dan la impresión de que no pueden vivir lejos del cura. En el fondo,
siguen siendo tan clericales como antes, a pesar del cambio de bando.
Nos vendría bien un poco más del paganismo verdaderamente
ilustrado, que respeta y deja vivir. La sociedad moderna, amiga del pluralismo,
acepta como un avance que cada uno piense y viva como desee. Como a la vez
queremos mantener la cohesión social, pues juntos somos más fuertes y
prósperos, acudimos a procedimientos como fuentes de legitimación: el mercado
en la economía, la democracia en política, el parlamento y los jueces en la
justicia. Corresponde al gobierno la misión de velar por su correcto
funcionamiento, garantía de paz y libertad. Lamento que tanto el Ayuntamiento
de Pamplona como el Parlamento de Navarra y la Presidenta del Gobierno no
hayan estado a la altura en este caso. Han dejado escapar una magnífica
oportunidad para mostrar que, efectivamente, gobiernan para todos.
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domingo, 15 de noviembre de 2015
¿Qué pasa en las aulas? (y II)
Había
prometido terminar la reseña de Educación. Guía para perplejos, libro de Inger Enkvist, profesora sueca que demuestra
sabiduría y experiencia al analizar las causas del éxito y del fracaso escolar
y educativo. Esta entrada es más larga de lo habitual, pero el libro reseñado lo merece.
La
educación de un joven –nos dice- es un proyecto de colaboración entre el propio
joven, la familia, la escuela y la sociedad. Si hubo un tiempo donde cada uno
sabía qué papel le correspondía, actualmente todo parece confuso: los
profesores ya no responden a la imagen que solíamos tener de ellos, pero
tampoco los alumnos ni los padres. Ni la sociedad, por supuesto. En medio de
esa desorientación, padres y profesores deben utilizar todos los recursos a su
alcance: su energía física, su equilibrio psíquico, su madurez, su sentido de
responsabilidad y su sentido del humor.
Los
padres no deben entender la familia como una democracia, y menos aún niñocéntrica. Al colocar al hijo en el
centro corren el peligro de sobredimensionar su importancia y conseguir que
piense que se le debe todo. La falta de agradecimiento y el mal comportamiento
son su consecuencia natural. Algo peor sucede, como es lógico, cuando los padres
no encarnan el modelo que deberían y son más bien antimodelos. Entonces el
fracaso educativo está servido. Solo algunos jóvenes muy fuertes logran
transformar esa experiencia en la decisión de “no ser como sus padres”,
convirtiéndose a veces en los “padres de sus padres”.
La
escuela ha sido la casa de la verdad hasta que el relativismo ha puesto por
delante los valores de la convivencia, que se reducen a no herir los
sentimientos del compañero o alumno, aunque se porte mal. Pero es perverso permitir
la indisciplina, así como hablar de inclusión
cuando se trata de alumnos que destruyen la escuela. Resulta contradictorio
parlotear sobre la convivencia y no exigir las condiciones que la hacen
posible. Porque el buen comportamiento de alumnos y profesores es condición
necesaria del aprendizaje, y no se ha encontrado otra manera de educar. Quizá
sea difícil de conseguir en algunos centros, pero conviene saber que cualquier
escuela problemática deja de serlo en cuanto se propone cumplir normas básicas
de puntualidad, vestimenta decorosa y obligación de hacer las tareas. Sin ese
empeño, tendríamos que reconocer que somos injustos con los alumnos que quieren
aprender y pierden el tiempo por el boicot de otros alumnos, en una especie de
“escuela al revés” que hace exacto el célebre título la conjura de los necios.
También
resula contradictorio que el Estado haya introducido la escolarización
obligatoria y no el aprendizaje obligatorio. Es contradictorio insertar a un
alumno por su edad y no por sus conocimientos, porque ese criterio manifiesta
un desprecio por la educación en el seno del mundo educativo.
El
informe McKinsey 2007 dice que el factor clave para el éxito educativo es la
inteligencia y preparación del profesor, no la inversión en edificios y
materiales. Para nuestra autora, el profesor no debe ser autoritario ni
carismático, sino profesional, con una preparación que requiere ocio para leer
y viajar, tiempo para las librerías, las bibliotecas, los museos, los
conciertos, el teatro, el arte…
En el
buen profesor se da un constante aprendizaje teórico y práctico, que produce
pequeñas mejoras continuas, no cambios drásticos. La nueva pedagogía, por el contrario, tiende al pedagogismo: una
fiebre innovadora que produce cambios incesantes e innecesarios. Así hemos
llegado a un infantilismo educativo que “en vez de preparar al niño y al joven
para las exigencias de la vida adulta, se le invita a estar siempre jugando,
satisfecho de sí mismo”.
La
innovación educativa no es siempre mejor que la tradición, pero la prensa ama
la novedad. Un Ministerio de Educación que se concentra durante años en un buen
proyecto, no genera noticias, mientras la crítica de cualquier político a ese
proyecto puede aparecer en titulares. Así, el público oye constantemente que lo
que propone el Gobierno está mal, y eso resulta deprimente y negativo.
Si la
dirección de un colegio habla más de métodos que de contenidos, hay que tener
cuidado. Los métodos son importantes, pero solo como apoyo casi invisible al
contenido y al pensamiento. Un buen método de lectura es, sin duda, importante,
pero el mejor de los métodos no enseñará a leer en menos de 200 horas, y nadie
se convertirá en un buen lector si no invierte 5.000 horas.
Los
jóvenes necesitan ser educados en la belleza, la verdad y la bondad, algo que
todo buen maestro sabe transmitir con la materia que enseña. Frente a ese clima
enriquecedor, la ideologización y politización de la escuela denota y produce
subdesarrollo intelectual en un país. Es curioso que los neomarxistas, tan
críticos, no se pregunten por qué nadie pide refugio político en Cuba, Venezuela,
Corea del Norte o Zimbawe.
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miércoles, 11 de noviembre de 2015
Desconexión
El Parlamento catalán ha aprobado la desconexión de España, mientras pide dinero al Estado opresor; mientras los dirigentes nacionalistas y su partido son objeto de investigación penal por megacorrupción; mientras su líder carismático, Jordi Pujol, se hunde en el pozo de la infamia con toda su familia, judicialmente declarada organización criminal. Todo al mismo tiempo, en un esperpento histórico que el presidente Rajoy espera solucionar con palabras y más palabras, sin hacer nada, como de costumbre.
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