jueves, 22 de marzo de 2018

domingo, 18 de febrero de 2018

Etty en los barracones



Etty Hillesum y Osias Korman son personajes reales en Westerbork, un campo de concentración holandés durante la Segunda Guerra Mundial. Su delicado romance lo intuimos a través de las cartas y los diarios de la muchacha. Con esa valiosa documentación se construye esta novela, cuyo resultado es, al mismo tiempo, un instructivo paseo por la historia y una reflexión sobre la condición humana.

August 1942. The Nazis have already invaded Holland and the Westerbork refugee camp has become a concentration camp. Psychiatrist Dr. Osias Korman, a widower of Jewish origin, is the camp supervisor. He is the point of liaison with the camp administration and the areas Jewish Council, which itself is an intermediary between the Nazis and the civilian population in the occupied areas. The Council sends the nurse Esther Hillesum (Etty) to the camp.

Osias and Etty soon become friends, and their friendship turns into a deep love that Etty expresses in the letters she sends Osias during his frequent trips away from the camp ordered by the Jewish Council. This love is also manifested in the diary he writes to his son Daniel, who has lived in the United States since the start of the Second World War. At the end of the war, Dr. Korman discovers that Etty was not sent to the camp to be a nurse but, in fact, to help people...


CINCO PREGUNTAS AL AUTOR 

¿Quién es Etty Hillesum?


Una muchacha de Ámsterdam que nos recuerda a Ana Frank. Es judía, ha estudiado Derecho y Filología eslava, tiene 27 años y trabaja como enfermera en el campo de concentración de Westerbork.

¿Cómo la conoció?
Cayeron en mis manos sus cartas, editadas por Anthropos, y tuve claro que esa chica culta y sensible, con una vida de novela…, merecía una novela histórica.

¿Tan decisivas pueden ser unas cartas?
Sin duda. Sobre todo si la autora tiene una personalidad tan rica, vive en circunstancias especialmente dramáticas y te lo cuenta con estilo excelente. En las cartas, a través de sucesos cotidianos, se transparenta algo tan valioso como el buen humor de Etty, su empatía con los que sufren, y una asombrosa facilidad para la amistad.

¿Usted noveló hace años la vida de Julio César? ¿Por qué César y por qué Etty?
César me permitió hablar del sentido de la vida en los griegos y romanos más cultos. Etty, gracias a su sensibilidad y perspicacia, nos permite entender un mundo muy complejo, marcado a fuego por dos guerras mundiales y dos totalitarismos.

¿Es una novela de acción?
Es romántica más que otra cosa. Etty, enferma en Ámsterdam, escribe a Osias Korman, uno de los judíos que –igual que ella- organizan el campo sin ser prisioneros. Las cartas nos permiten suponer un delicado romance entre ambos.
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domingo, 4 de febrero de 2018

Tercios, Esparza

La historia es un objeto de estudio muy abierto. Se puede abordar desde la política, la economía, las instituciones, las ideas… José Javier Esparza, experto en historia militar, despliega en Tercios los dos siglos más intensos del Imperio español, desde los Reyes Católicos hasta Felipe V. Esparza lleva años entregado a reconstruir la identidad española a partir de la historia, y de ello dan testimonio libros como Asturias, Moros y cristianos, La Cruzada del océano.

Tercios resume los avatares que, a través de su ejército, vivió un imperio trenzado con los mimbres de la fabulosa expansión americana, los esplendores del Renacimiento y el Barroco, la Reforma luterana y una guerra inacabable contra los turcos, contra Francia, contra Inglaterra y en Flandes. Los tercios combatirán en gran parte de Europa y América, las islas Azores y Filipinas, pero se llamarán por antonomasia tercios de Flandes, pues la sublevación de lo que hoy conocemos como Bélgica, Holanda y Luxemburgo provocó una contienda que duró ochenta años. La necesidad de defender los extensos dominios de ultramar obligó a crear tercios destinados específicamente a la lucha marítima y dio lugar al nacimiento de la primera infantería de marina.
¿Por qué fueron, durante dos siglos, la mejor infantería del mundo? No solo por su valor, pues los hombres contra quienes luchaban también eran valientes. La superioridad –a menudo apabullante- que demostraron en el campo de batalla, tuvo que ver, sobre todo, con un patriotismo y una profesionalidad incomparables, como pusieron de manifiesto en su entrenamiento, disciplina, estrategia, innovación, logística y capacidad de sacrificio. No consideraban ni la posibilidad remota de ser derrotados, y ese complejo de superioridad minaba la moral del enemigo antes de entrar en batalla. Lograron una combinación perfecta de las picas y las armas de fuego. Fueron los primeros en utilizar los arcabuces como verdadero elemento de choque, y eso los hizo insuperables durante décadas.
Los tercios nacieron como ejército permanente del primer Estado moderno, cuando los demás estados europeos seguían siendo feudales y no tenían un ejército nacional. Los crea en Italia Gonzalo Fernández de Córdoba, para defender las posesiones de la Corona de Aragón, y sus victorias le llevarán a ser virrey de Nápoles. Pero nada nace de la nada. Si la infantería española dominó sin discusión los campos de batalla de Europa y América durante tanto tiempo, no fue por casualidad. España, con ocho siglos de Reconquista a sus espaldas, acumulaba tradición guerrera y una incomparable cultura militar.
Gonzalo de Córdoba, además de introducir eficaces innovaciones técnicas y tácticas, impuso una dura disciplina e inculcó en sus hombres un profundo orgullo personal y colectivo. Calderón de la Barca, soldado en los tercios, plasmaría en verso, muchos años después, ese acendrado estilo: Aquí la más principal / hazaña es obedecer, / y el modo cómo ha de ser / es ni pedir ni rehusar. / Aquí, en fin, la cortesía, / el buen trato, la verdad, / la firmeza, la lealtad, / el honor, la bizarría, / el crédito, la opinión, / la constancia, la paciencia, / la humildad y la obediencia, / fama, honor y vida son / caudal de pobres soldados; / que en buena o mala fortuna / la milicia no es más que una / religión de hombres honrados.
Cierta literatura presenta a esos hombres como gentes descreídas y cínicas, unidas por un fanático concepto del honor y la hermandad. Pero esa imagen es una típica traslación de la mentalidad contemporánea a hombres de otro tiempo. La realidad es que aquella España era profundamente religiosa, y lo eran especialmente los hombres de armas y los marineros, por el muy explicable hecho de que la muerte les rondaba más cerca.
Los tercios fueron unidades de 2.000 a 4.000 soldados, con un elevado porcentaje de voluntarios, donde un mando único coordinaba infantería, caballería y artillería. ¿Quiénes eran esos voluntarios? Entre los soldados españoles habrá de todo: jóvenes que nunca han salido de casa y veteranos de guerra, nobles y villanos, hidalgos y bachilleres, ricos y pobres, héroes y rufianes, intelectuales y gañanes… Pero todos iguales bajo las picas, en una democracia de la guerra parecida a la de sus abuelos. Hernán Cortés, por ejemplo, abandona sus estudios en Salamanca para enrolarse en Sevilla. En los tercios combatirán Calderón y Cervantes, Garcilaso y Lope de Vega. La paga es muy escasa, pero las oportunidades de ascenso y de gloria son grandes.
El mando supremo de un tercio lo ostenta el maestre de campo. La relación de maestres está repleta de nombres legendarios. Los más conocidos son el Gran Capitán, don Juan de Austria, el Duque de Alba, Alejandro Farnesio, Ambrosio Spínola y el cardenal-infante Fernando de Austria, hijo de Felipe III. Todos –famosos y desconocidos- protagonizan gestas admirables y –muy pocas veces- episodios lamentables, que Esparza nos ayuda a contextualizar. Ahí están las victorias de Mühlberg, Túnez y Viena, el sacco de Roma, Lepanto y la Armada Invencible, el asedio de Amberes, el milagro de Empel, la rendición de Breda, Ostende, Nördlingen, Rocroi, Dunquerque…
Las muchas anécdotas que amenizan las páginas de Tercios están a la altura de sus protagonistas, desde las cuentas del Gran Capitán hasta el París bien vale una Misa. Como botón de muestra, algo que sucede en Haarlem, en el invierno de 1572-1573. Tenaz asedio español, infructuoso. Muchas bajas. Cunde el desánimo. Varios capitanes proponen la retirada. Dirige el asedio Fadrique de Toledo, hijo del gran duque de Alba. No se atreve a contar a su padre lo que está pasando, pero el viejo guerrero se entera y de inmediato envía una carta a Fadrique. De padre a hijo, de jefe a subordinado, de soldado a soldado. Dice así:
Si alzas el campo sin rendir la plaza, no te tendré por hijo. Si mueres en el asedio, iré en persona a reemplazarte, aunque me halle enfermo y en cama. Si muero yo también, vendrá entonces tu madre desde España para hacer en la guerra lo que su hijo no ha tenido valor o paciencia para hacer.
No es preciso añadir que Haarlem cayó. Solo me queda subrayar que estamos ante un trabajo de excelente divulgación y notable amenidad, escrito en una prosa clara, precisa, viva y elegante.

lunes, 25 de diciembre de 2017

Rémi Brague y la historia



A pesar del reconocimiento académico del que goza y de los premios recibidos (entre ellos, el Ratzinger de teología, en 2012), Rémi Brague es un pensador casi desconocido por el gran público. Profesor de Filosofía Medieval en la Sorbona y especialista en filosofía judía y árabe, se ha propuesto repasar las grandes concepciones antropológicas, reflexionar sobre el sustrato cultural y religioso de Occidente y superar la deriva antihumanista de la cultura contemporánea. 

En este pequeño libro-entrevista, el profesor francés dialoga con Giulio Brotti y nos ofrece, en 140 páginas, una buena introducción a su rico pensamiento. 

Nuestra concepción de la historia peca, según Brague, de historicista. Y por eso, cuando estudiamos las ideas nos preguntamos cómo surgieron, no si son verdaderas. Es cierto que leemos historia, pero a menudo para hacer turismo virtual y para justificar nuestras propias ocurrencias, amparados en que nada es nuevo bajo el sol.

Mientras triunfa la posverdad, despreciar la verdad y juzgarla peligrosa casi se ha convertido en una señal de buen tono. Esa desconfianza le parece a Brague un lujo de niños malcriados. Y comenta que a quienes durante muchos años estuvieron obligados a mentir, afirmando que vivían en un “socialismo real”, no se les ocurre mirar a la verdad por encima del hombro.

Por esa frivolidad posmoderna, mucho de lo que se publica sobre historia son reconstrucciones fantasiosas del pasado, falsificadas por una ideología. Es muy conocida la sentencia de Comte: “La doctrina que haya explicado suficientemente el conjunto del pasado, obtendrá inexorablemente, gracias a esa única prueba, la dirección intelectual del porvenir”.

El hecho –dice Brague- es que estamos intoxicados por historias oficiales que ocultan lo que verdaderamente sucedió, mediante una selección interesada de datos y documentos. Así, por ejemplo, “la imagen de un Medioevo oscurantista está muy presente entre los sabios de pacotilla que controlan el discurso público y de los medios”. Esos mismos manipuladores nos dirán que el Renacimiento es el Medioevo más el hombre, cuando en realidad es el Medioevo menos Dios, con la tragedia añadida de que, habiendo perdido a Dios, el Renacimiento habría perdido también al hombre.

Así como el Renacimiento dio la espalda a la Edad Media, el esfuerzo por emanciparse del pasado ha dado lugar a una modernidad esencialmente técnica e instrumental. Esa emancipación no se ha hecho desde una propuesta alternativa, sino desde la mera negación, y eso constituye un efectivo parasitismo, un vivir –como escribió Ortega- “precisamente de lo que se niega y otros construyeron o acumularon”.

Tampoco es verdad que todo sea nuevo bajo el sol. Hay problemas inéditos. Hoy Occidente, a diferencia de épocas pasadas, toma en consideración la posibilidad de poner fin a la historia, no necesariamente de modo cruento, sino favoreciendo el invierno demográfico. “Ser o no ser” es un dilema superado por la verdadera cuestión: la de saber si la vida merece ser dada, transmitida. Saber simplemente si es buena.

Muy crítico con sus compatriotas del Siglo de las Luces, Brague los toma por divulgadores que se autoproclamaron filósofos, y pone como ejemplo de frivolidad a Diderot, que “siempre pasa de largo con firmeza de sonámbulo ante las cuestiones importantes”. 

En su radiografía de la modernidad, Rémi Brague señala que el proyecto moderno ha tenido grandes logros. Pensemos en los avances de la medicina o de la agricultura, que permiten nutrir a un gran número de personas que en el pasado ni siquiera habrían nacido. La modernidad nos ha dado también una ciencia de la naturaleza muy superior a la antigua, hasta el punto de que Aristóteles apenas parece un científico al lado de Galileo.

En otros aspectos, la crítica de Brague se parece mucho a la de Bauman, Baudrillard o Lipovetski. “Lo que nuestros contemporáneos entienden por libertad coincide con la rendición a la más completa de las servidumbres. Me refiero a la pretendida libertad del trabajador-consumidor, atado de pies y manos a deseos que él cree suyos pero que le han sido inducidos por una publicidad en forma de moda o reclamo”.

La modernidad líquida va a disolver compromisos que la humanidad ha considerado intocables. Brague explica que pertenece a la lógica del amor no reconocer un límite temporal. “Para siempre”, lejos de ser una fórmula enfática, responde a la estructura esencial del amor. Y no se necesita apelar a la religión para constatarlo. Eurípides hizo decir a Hécuba, ante Menelao: “No ama quien no ama para siempre”. Sin embargo, esta lógica está muy lejos de las nuevas generaciones. Su dificultad para comprometerse quizá derive de una duda sobre sí mismos. “Como explica magníficamente Vladimir Soloviev, para poder creer en otra persona, y para amarla con un amor auténtico, hay que creer primero en uno mismo, y hay que creer más radicalmente en Dios”.

­­­­­­­­­­­­­Al analizar la idea de progreso –o más bien de un Progreso con “P” mayúscula-, Brague desenmascara la falacia que supone, a partir del incontestable aumento de nuestro conocimiento científico, concluir que tal avance nos conducirá a la mejora social, política y moral. Falacia con vitalidad sorprendente, pues “los hombres de hoy tenemos la amarga experiencia de que las cosas no funcionan automáticamente de esa manera”.

En su incansable empeño por restaurar conceptos, Rémi Brague nos pone en guardia frente a los valores. Piensa que la palabra esconde una trampa, pues “insinúa la defensa de un subjetivismo radical según el cual seríamos nosotros los que conferiríamos un valor”. Y confiesa que cuando oye la palabra “diálogo” está tentado de desenfundar, “no una pistola, pero sí todo mi escepticismo. Demasiado a menudo no se asiste a otra cosa que a monólogos paralelos envueltos en azúcar”.

Obras de Rémi Brague en castellano
  • Europa, la vía romana (Gredos, 1995)
  • Mitos de la Edad Media (Nuevo Inicio, 2013) 
  • En medio de la Edad Media. Filosofías medievales en la cristiandad, el judaísmo y el islam (Encuentro, 2013) 
  • Sobre el Dios de los cristianos (BAC, 2014) 
  • Lo propio del hombre: una legitimidad amenazada (BAC, 2014) 
  • ¿A dónde va la historia? Dilemas y esperanzas (Encuentro, 2016) 
  • Moderadamente moderno (BAC, 2016)
  • El reino del hombre (Encuentro, 2017)

viernes, 17 de noviembre de 2017

Christian Bobin, Resucitar


Un aplauso cerrado a Ediciones Encuentro por publicar a este francés genial e inclasificable. A los textos me remito.

Hace tiempo que aparecieron las primeras fisuras en el dique. En principio, pasaron inadvertidas, después se agrandaron. Ahora el dique ha cedido y un torrente de fango invade el mundo. Estamos solo al comienzo. Todo el mal que es posible imaginar se hará real. Un mar de fondo sobre el que nadie tiene control. Hay quienes disfrutan con el, bamboleándose como corchos que flotan sobre aguas fecales. Pasará tiempo antes de que se invierta este movimiento. Habrá un renacimiento, es verdad, pero ni vosotros ni yo lo veremos. Pág. 54

La tierra se llena de una nueva raza de hombres a la vez instruidos y analfabetos, hombres que controlan los ordenadores y ya no comprenden para nada a las almas, que llegan incluso a olvidar lo que una palabra como esa pudo designar en otro tiempo. Cuando, pese a todo, alguna cosa de la vida les afecta –un duelo o una ruptura-, esas personas se encuentran más desprovistas que los recién nacidos. En esos momentos, les haría falta hablar una lengua que ya no está en vigor, mucho más sutil que el dialecto informático.  61

En el mismo momento en que perdemos algo material, una moneda de oro cae en la hucha de la Pobreza. 69

Qué sabiduría la de los cuentos, en los que hay que guardarse de abrir una puerta prohibida o de probar un fruto demasiado rojo: hay gestos aparentemente sin importancia que, por encima de cualquier otra cosa, no hay que hacer, so pena de perder algo más que la vida. 87-88

Busco la plenitud de una vida tan límpida que nada pueda perturbarla, ni siquiera la vista de este mundo muerto. Busco algo así porque ya lo entreví en la infancia y lo he visto más tarde en esta vida agarrotada que llamamos vida de “adulto”. 91

A cada instante, algo viene a socorrernos. 106

He apostado todo mi ser por un amor que no puede entrar en este mundo aun cuando ilumina cada uno de sus detalles. 121

J. ha llegado a ser un intelectual, es decir, alguien al que su propia inteligencia le impide pensar. 133

Los recién nacidos tienen cautivo a Dios dentro de sus pequeños puños cerrados. 150

He quitado de mi vida muchas cosas inútiles y Dios se ha acercado a ver lo que pasaba. 154

El ceremonial en torno a la comida siempre me ha agobiado, y no sé por qué vulgar herejía se les ofrece a un asado o a un vino un homenaje que solo un dios amoroso debería inspirar legítimamente. Hay algo que repugna en esos rostros inclinados con recogimiento sobre algo que, a fin de cuentas, es solo carne muerta o zumo de uva envejecido, como si se tratara de reliquias de un santo con un secreto poder. 156-7

Desde siempre, he multiplicado los trucos para no traicionar mi ausencia de un mundo del que nunca he comprendido ni los asuntos en que se afana ni los placeres en los que descansa. A veces, intento aprender esa lengua extranjera que casi todos hablan. Solo lo consigo por momentos. Este sentimiento mío acerca del mundo, es muy viejo. Procede, sin duda, de la lejana infancia. Tuve que renunciar a aprender algo que ya no se puede aprender más tarde. Ignoro si se trata de una gracia o de una incapacidad. Solo sé que me resulta imposible vivir en un mundo en el que no creo. 159-160

Hoy, mi padre, recientemente desaparecido, ha estado todo el tiempo a mi lado. Lo mismo que yo, no ha hecho nada en todo el día. Sonreía, eso es todo. 162

A veces, quisiera entrar en alguna casa, al azar, sentarme en la cocina y preguntar a sus moradores de qué tienen miedo, qué esperan, y si comprenden algo de nuestra presencia común en la tierra. 163

Mi mesa de trabajo está frente al abedul y el abedul está frente a Dios. Intento colocar mis palabras en esa línea que dibujan los tres. 164

Al final, nunca podremos formular nada seriamente –quiero decir, algo verificable- acerca de la vida o de la muerte, suponiendo que sean cosas distintas. En toda nuestra vida, no encontraremos la verdad –pero quién sabe si, buscándola a pesar de todo, no se acercará ella a nosotros, enternecida por nuestros esfuerzos. 167

Los muertos no saben que están muertos, pero tampoco los vivos saben que están vivos. Nadie sabe gran cosa. 167
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martes, 14 de noviembre de 2017

Sócrates en noviembre



En este mes de los difuntos uno se acuerda de Sócrates, claro. Por Platón y Jenofonte, sus más aventajados discípulos, conocemos la defensa del maestro en el célebre juicio que le condenó a beber la cicuta. Ediciones Rialp ha tenido el acierto de reunir ambas joyas en un volumen bien anotado, pequeño y elegante.

Las dos Apologías tienen en común el planteamiento brillante y ameno de cuestiones tan fundamentales como el respeto a la conciencia, la obediencia a las leyes, la práctica de la virtud y la reflexión sobre la muerte. Asuntos de máxima relevancia en cualquier época, porque tocan la esencia de la condición humana. Si la Apología de Platón es breve, la escrita por Jenofonte son apenas veinte páginas que se saborean serenamente en menos de una hora. Nadie podrá decir que no tiene tiempo para esta lectura, y dudo que deje indiferente a algún lector. Como botón de muestra, las últimas palabras de Sócrates a sus jueces: “Bien, ha llegado la hora de marcharnos. Yo para morir, vosotros para vivir. Entre vosotros y yo, ¿quién sale ganando? Esto nadie lo sabe, solo Dios”.