
Somos universitas magistrorun et scholarium a la busca de la verdad, en un campus donde se respira amistad y convivencia culta. Suerte que tenemos.

A Herm
ann Tertsch lo echaron de El País por escribir “El alemán Benedicto”, una columna elogiosa con aquel nuevo Papa que convocaba la JMJ de Colonia. A Vargas Llosa no le echarán por alabar al mismo Santo Padre en “La fiesta y la cruzada”, interesante y envenenado artículo sobre la JMJ de Madrid, donde deja bien claro que la religión es una “forma elevada de superstición”. Necesaria, eso sí, para calmar la ansiedad escatológica del personal.
Por eso, dice el Nobel, “creyentes y no creyentes debemos alegrarnos de lo ocurrido en Madrid en estos días en que Dios parecía existir, el catolicismo ser la religión única y verdadera, y todos como buenos chicos marchábamos de la mano del Santo Padre hacia el reino de los cielos”. Peces Barba o Antonio Gala te echarían de nuevo a las fieras, si en su mano estuviera, pero don Mario es un laicista educado: se compadece de tu credulidad y te perdona la vida.
El cáncer y el odio le están dejando irreconocible, sobre todo el odio. Su cruzada personal contra la Iglesia y su cabeza visible le llevan, desde hace años, a escupir constantemente hacia arriba, sufriendo sin remedio las consecuencias de la ley de la gravedad espiritual, cuya existencia nos parece evidente.
¿A quién podría interesar el encuentro de dos adolescentes normales, que gozan de un entorno familiar y escolar normal? Además, hace siglos que se inventaron las historias de amor y de superación, con final feliz. Sin embargo, con esos ingredientes, dos de los más grandes del cine de animación nos muestran que la vida diaria, lejos de ser prosaica, esconde gestos y detalles muy hermosos. Por eso, cualquier joven espectador entra de lleno en la historia de la chiquilla y el chaval que viven intensamente ante sus ojos. Y todo adulto sonríe y piensa: “Yo también, cuando era adolescente, soñaba con el futuro; yo también me sentía confuso, con las hormonas en ebullición; yo tampoco distinguía para qué cosas era mayor y para qué otras seguía siendo un niño”.
Sí, Susurros del corazón, Whisper of the Heart, es un producto asombroso del Studio Ghibli, porque a los dos minutos ya traspasa la pantalla y te envuelve con el encanto de una historia ambientada en una populosa ciudad japonesa, mecida por la voz de Olivia Newton-John y el tema Country Roads.
Frente a la actual imposición de antimodelos en las series juveniles -y cuando todos sabemos lo que pasa en las aulas-, Susurros del corazón te hace sentir que estamos siendo engañados a conciencia, porque la vida podría ser muy, muy diferente. Tanto como cuando la joven Shizuku conoce a Seiji Amasawa. Igual que en otras películas de la factoría Ghibli, Susurros del corazón muestra un proceso de maduración personal, gracias a un reto que han de afrontar sus protagonistas. Parece un guión sencillo, pero es magistral, y el diseño de los seis personajes principales es imposible sin un profundo conocimiento de la condición humana.
Estrenada en 1995, Susurros del corazón es la única película dirigida por Yoshifumi Kondo, con la inestimable colaboración de Hayao Miyazaki. Ambos genios se unieron para dar forma a una historia que llevaban soñando desde hacía 30 años, cuando eran unos jóvenes repletos de ideas y ganas de triunfar. Y el sueño se cumplió: tocaron la perfección.