Hay personas que con su vida mejoran el mundo, y este libro habla de
unas pocas. La adolescencia y juventud de los cinco hermanos
Scholl
transcurrió en Ulm, con Hitler en el poder, en un ambiente de
entusiasmo popular y apoyo masivo al nuevo líder. Sus padres, Robert y
Magdalene, cristianos evangélicos, fueron siempre muy críticos con el
nazismo, pero no consiguieron impedir que sus hijos ingresaran en las
Juventudes Hitlerianas.
Hans, el mayor de los varones, amaba el entrenamiento físico, la vida en tienda de campaña y el manejo de armas. Cuando
Sophie
se afilió, se tomó muy en serio la invitación de Hitler a endurecer el
cuerpo, y en pleno invierno iba al colegio en bicicleta, sin medias ni
abrigo, sin guantes ni gorro.
El desencanto no tardó en llegar. En
un congreso anual del partido Nacionalsocialista, Hans encontró un
ambiente sofocante de vulgaridad y descontrol sexual, muy diferente al
deporte, la instrucción y la amistad que reinaban en los campamentos de
Ulm. Sophie, por su parte, advirtió pronto la hostilidad de sus
superioras hacia el Cristianismo, y la sistemática intoxicación de las
cabezas juveniles con el militarismo, el racismo y la obediencia ciega a
las autoridades.
Los Scholl pertenecían a una burguesía cultural
muy propia de Alemania. En casa nunca sobró el dinero, pero los cinco
hermanos y sus amigos salían al extranjero en vacaciones, solían
esquiar, frecuentaban restaurantes italianos, tenían teléfono en casa,
usaban coches de alquiler y podían estudiar en la Universidad. Su
amplio grupo era conocido en Ulm como la “Alianza Scholl”. A veces
hablaban y debatían durante toda la noche. Su fuerte inquietud
intelectual se alimentaba de clásicos antiguos y modernos, en su mayoría
alemanes y franceses. Conocían a Platón y a San Agustín, leían los
Pensamientos de
Pascal, los versos de Rilke y Heine, los ensayos de Maritain y Bloy,
las novelas de Bernanos, Stefan Zweig, Thomas Mann, Franz Werfel… Todos
autores y libros prohibidos, por los que se podía ir a la cárcel. Les
encantaba el
swing y otros bailes americanos, muy populares en
la Alemania de los años 30, calificados por Hitler como “bailes
degenerados” y “para negros”. Una tarde, un amigo de Hans se puso a
bailar y cantar jazz. Era cadete de la Academia Militar y se llamaba
Fritz Hartnagel. Sophie se enamoró de él.
A finales de 1938,
durante la triste Noche de los Cristales Rotos, varios judíos buscaron
refugio en casa de los Scholl. Abrirles la puerta era una decisión muy
arriesgada, pero Robert tenía absolutamente claro cuál era su deber. Un
año más tarde, Alemania invadía Polonia y desencadenaba la segunda
guerra mundial. Hans había comenzado a estudiar Medicina en Múnich. Los
futuros médicos estaban obligados a incorporarse a los batallones de
Sanidad durante las vacaciones de Navidad y verano. Así conocieron, de
primera mano, algo que no sabían sus compatriotas civiles: las
barbaridades del ejército alemán.
Una noche, en casa de uno de sus
profesores, Hans y sus amigos tomaron la decisión de pasar a la acción.
Había que crear un movimiento dedicado a difundir esos hechos. Les
pareció factible multicopiar hojas que resumieran los crímenes nazis y
las derrotas cuidadosamente silenciadas. Despertarían las conciencias y
lograrían la adhesión de muchos alemanes que solo esperaban una señal
para empezar a actuar. Así nació
la Rosa Blanca. A
mediados de julio de 1942, su primer panfleto comenzaba con estas
palabras: “Para un pueblo culto, nada es más indigno que dejarse
gobernar por una camarilla irresponsable guiada por oscuros instintos.
¿No es verdad que todo alemán honesto se avergüenza actualmente de su
gobierno?”.
Sophie fue la única chica del grupo
clandestino, después de vencer la resistencia de unos muchachos que no
querían comprometer a sus novias y hermanas. Tenía 21 años cuando fue
detenida, juzgada y ejecutada. Desde entonces, las películas y libros
sobre su figura, igual que su nombre en plazas, calles y centros
escolares, no dejan de atestiguar su rotunda victoria. Este libro cuenta
la hermosa historia de esos amigos, envueltos en una tragedia más
diabólica que griega. Historia de unos hechos terribles trenzados con la
asombrosa evolución interior de los protagonistas. Historia que
recuerda la sentencia de
Viktor Frankl sobre el
misterioso ser que ha inventado las cámaras de gas y al mismo tiempo ha
entrado en ellas, con paso firme, musitando una oración.
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